Paisaje de silencio y olvido

E.Castellano / Coordinador del CELS

A pesar de la existencia de lugares que sólo salen en los mapas de la imaginación, nuestra comarca está preñada de rincones de vida y de lugares habitados por gentes amables, abiertas y esperanzadas en un porvenir que tarda demasiado en llegar, dado que a cuentas de los más mayores, se padece demasiado tiempo de silencio y olvido.

Pero además, este paisaje imaginario, se nutre de la tierra de secano y de las pocas huertas que subsisten bajo la influencia del agua de un arroyuelo o una fuente manal; de los pasos dados por unos pies enfundados en unas albarcas de labranza, aspras y rudas, como sus dueños o dueñas (porque de ambas cosas hay en esta tierra anclada en el interior), de los planes de regadío que sangran los embalses sin tomar conciencia.

Se suma al bodegón de nuestra comarca, el olor de la lluvia de una tormenta repentina de gotas grandes; los cortes de luz sin explicación alguna, los cantos rodados de las aguas que discurren por una parte de la comarca (dicen que coincide con la zona más próspera y rica) las voces de los chiquillos y las chiquillas que van o vienen de la escuela (allà en donde todavía la conservan).

Nos han clasificado como “los serranos”, cuando la mayor parte de este territorio de la mal calificada también “valencia castellana”, se siente más identificada bajo el topónimo de Serranía del Turia. Un nombre –el primero—que más bien se entiende como gentilicio que no como topónimo; por ello, nuestra historia siempre ha estado plagada de esgarrones de olvido.

Cualquier persona venida de otras comarcas, se adentra en nuestro territorio y se le antoja que se encuentra inmerso dentro de la geografía del silencio y de las ausencias, que se convierten con demasiada frecuencia, en el imaginario de cualquiera de los que nos visitan como el paradigma de nuestros pueblos, aldeas y lugares.

Muchos turistas que suelen acudir durante los fines de semana y las fiestas de verano de nuestros pueblos, desconocen la realidad de cuantos vivimos o trabajamos dentro de este paisaje interior habitado por todo un universo geológico, vegetal, animal y humano, que nos caracteriza y subraya.

Podemos decir que la Serranía del Turia es comparable a un relato, en el que la única verdad es la realidad que se vive en cada lugar; que la suma de arrapadas y ternura, conforman nuestro carácter, la idiosincrasia de los serranos y serranas, amasado con los sonidos de las calles empedradas, los rincones naturales, nuestro secano y nuestro patrimonio cultural, lingüístico, monumental, geográfico, histórico, vegetal…

En nuestros pueblos, todavía huele a garrofa en tiempo de garrofa; a mosto de uva, en tiempo de cosecha; a aceite recién prensado tras recolectar las olivas de nuestros campos; a paja seca tras la siega; a mondongo y especies, tras el matapuerco; a jotas y seguidillas en tiempo de fiesta; a carnaval por los idus de “primero d’año”; a gozos y tonadillas arcaicas, teñidas de religión dominante; a buenos caldos y manjares; a juegos de “carteta” y dominó; a tiempo que transcurre bajo otras coordenadas mediante los sonidos de las escobas que agranan calles sin asfalto.

Pues bien, todo eso es lo que ofrece nuestra comarca y hemos de estar bien satisfechos para preservar cada fiesta, cada celebración, cada ciclo. No debemos dejar de lado todo este bagaje si no queremos “puncharnos” con las aliagas del mal llamado “progreso”. Para preservar esta realidad, hemos de solicitar apoyo y ayuda y, en este esfuerzo, nos han de echar una mano las instituciones valencianas, porque somos garantes de la poliedricidad de este País Valenciano.

 

 

 

 

 

Molinos de Alcublas.
Acueducto de Alpuente.
Antigua Mezquita de Chelva.
Muros de piedra seca en la Comarca.
El Túria a su paso por Chulilla.